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martes, 27 de octubre de 2015

Rayos y tormentas.

Aparentemente era otra persona común rodeada de personas comunes en un mundo tan corriente como el nuestro, pero si alguna vez tenías la suerte de abrirla por dentro y saltabas el abismo que separaba a esa persona del resto del mundo, veías que había algo especial. 
Era la naturaleza misma, al menos hablando interiormente. En su físico apenas se distinguían marcas de sus guerras más profundas. 
Era una tormenta, un continuo resurgir de lo que era y lo que quería llegar a ser, de su pasado y su presente luchando por apoderarse de todo su ser.

Si te fijabas bien, podías apreciar pequeños rayos que tendría de por vida en su joven cuerpo. Eran bonitos, la verdad se dicha. Lo malo es que a la gente común y corriente (la verdadera gente común y corriente) no le gustaba ver marcas naturales en el cuerpo de otras personas. Siempre se piensa que se debe llevar tu lucha de forma interna, que no debes mostrarla al público. Que debes ser la fachada común y corriente de lo que de verdad eres. Esta persona ocultaba sus marcas al mundo, sus rayos y sus profundas tormentas. 
Una vez salté su abismo y entré dentro de su cuerpo, entonces vi una de las tormentas más bonitas, los rayos caían una y otra vez, de forma silenciosa dibujaban en el cielo recuerdos y sueños. 

Esos mismos rayos que nos marcan a todos internamente, que nos queman y electrocutan hasta la muerte. 
Nunca había visto unos rayos tan bonitos ni tan melancólicos. Y nunca más volví a verlos.

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