A aquellas horas de la noche no ponían nada nuevo en la televisión. Había videntes y la teletienda anunciando sus productos.
Carlos no podía dormirse, pues en breves llegarían los padres del pequeño que le tocaba cuidar esa noche.
No pagaban mucho, pero solía ser una noche entre semana y no le importaba quedarse viendo la televisión de 45 pulgadas con pizza.
Además el dinero le vendría bien para el finde.
Ese día había una gran tormenta, así que seguramente los padres llegarían más tarde de lo normal.
Parecía que en cualquier momento algo se fuese a derrumbar.
Carlos cogió el mando y cambió de canal. Más videntes y más teletienda.
Pfff. No se podía creer que ninguno de sus amigos se quisiese quedar con él aquellas noches.
Siempre le decían que no había ganas o que tenían cosas que hacer, pero Carlos sabía que no era por eso.
Era por la leyenda que circulaba por el barrio y que empezó cuando, tras varias semanas sin ver a un niño que, decían, le habían secuestrado para pedir un rescate, apareció el cuerpo sin vida en el sótano de ese edificio.
Nadie supo que había pasado, aunque la policía dijo que se había colado en busca de un gatito por una ventana rota y luego no pudo salir.
Los padres del niño se fueron del país tras el entierro de este y no se supo más de ellos.
Desde entonces todo eran rumores y leyendas que contaban desde cosas paranoicas, como que el cuerpo del niño se aparecía algunas noches merodeando aquel lugar.
Carlos no se creía nada se eso, solo fue un gato y un niño que le persiguió. Y punto final.
Bebió un sorbo de Coca-Cola y se estiró en el enorme sofá de la familia.
Un lloriqueo llamó su atención.
El niño lloriqueaba, seguramente se habría despertado y había oído los truenos que sonaban.
Carlos se acercó a la habitación y abrió la puerta. Todo estaba a oscuras y en la cama se distinguía un bulto todo tapado con las mantas.
-Tengo miedo, hay un monstruo debajo de mi cama Carlos...-Susurró.
Carlos se acercó y se rió. Toda persona consciente sabía que los monstruos no existían.
Para que el niño se calmase se agachó y miró bajo todas las mantas.
Allí se encontró con la cara del niño asustada y con manchurrones de haber llorado.
-Carlos, hay alguien durmiendo en mi cama.
Te encuentras en un bosque, pero no en uno cualquiera. Esto es un Bosque de palabras, escritas a mano por personas como tú y como yo. Cuidado con perderos en este laberinto sin principio ni final, pues cada palabras, cada historia narra algo nuevo e innovador que te absorberá cada instante. Bienvenidos al Bosque de palabras.
jueves, 30 de enero de 2014
jueves, 23 de enero de 2014
El extraño caso de Beccles
Ya iban tres chicas desaparecidas aquella semana.
Todas distintas, todas iguales. Rubia, morena y pelirroja, del norte, del sur y del este.
La policía no tenía nada, ni testigos ni pruebas, simplemente unas desapariciones. Después de tener numerosas quejas por parte de todos debido a su inutilidad decidieron llamarme.
Me llamo Víctor Green y soy el detective privado más famoso de toda Beccles, la minúscula ciudad costera de Inglaterra. Solo tengo 27 años, pero aparento menos en aspecto y más en mi forma de pensar y trabajar.
Al hablar con las familias no averigüé nada nuevo. Ann, la primera chica tenía el pelo rojizo y ojos verdes aguados, era de Irlanda pero había venido a estudiar fotografía. La noche en que desapareció estaba con sus amigos de camping.
Lucy, la segunda, era de pelo castaño, como sus ojos. Trabajaba como reportera para el periódico nacional. Fue al lugar para un reportaje que tachó de 'único e innovador'. Nunca volvió.
Zoey era rubia, vivía con sus abuelos en la costa. Hacía vídeos cuando el mar estaba embravecido y los colgaba en la red. Salió a dar un paseo.
Las tres fueron vistas por última vez en el mismo lugar, en la pequeña playa rocosa.
Ni se conocían, ni se parecían ni nada.
Un caso sin principio y sin final.
Hablé con las familias, que lloraron al recordar a sus chicas.
Observé las fotografías que tenían de ellas y nada. Ahí sólo se veía a chicas sonrientes y felices.
También vi sus reportajes, fotografías y vídeos.
Además de ver lo expertas que eran en su materia, lo guapas y juveniles que parecían y lo queridas que eran por sus conocidos, no hallé nada nuevo.
Mi mente era algo lleno de dudas, como una tormenta luchando contra un tornado una noche de lluvia.
¿Que hacían unas chicas así en aquella zona sombría, llena de tan oscuras leyendas?
No era un lugar en el que se vieran a menudo chicas como ellas, es más, en aquella zona se solían suicidar muchas personas cuando odiaban su vida.
Pero ellas no, ellas eran jóvenes y activas. Encima, Ann había ido con amigos a pasar la noche.
Si alguien se va a suicidar, lo último que se le ocurre es ir con amigos al lugar.
El suicidio lo descarté tras pensarlo bien.
Y todavía quedaba el factor de los cuerpos.
¿Dónde estaban? No había ningún rastro de ellos, si se hubiesen ido a nadar a la playa y se hubiesen ahogado se habrían encontrado fácilmente, pues no había mucha corriente aquellos días.
Todas distintas, todas iguales. Rubia, morena y pelirroja, del norte, del sur y del este.
La policía no tenía nada, ni testigos ni pruebas, simplemente unas desapariciones. Después de tener numerosas quejas por parte de todos debido a su inutilidad decidieron llamarme.
Me llamo Víctor Green y soy el detective privado más famoso de toda Beccles, la minúscula ciudad costera de Inglaterra. Solo tengo 27 años, pero aparento menos en aspecto y más en mi forma de pensar y trabajar.
Al hablar con las familias no averigüé nada nuevo. Ann, la primera chica tenía el pelo rojizo y ojos verdes aguados, era de Irlanda pero había venido a estudiar fotografía. La noche en que desapareció estaba con sus amigos de camping.
Lucy, la segunda, era de pelo castaño, como sus ojos. Trabajaba como reportera para el periódico nacional. Fue al lugar para un reportaje que tachó de 'único e innovador'. Nunca volvió.
Zoey era rubia, vivía con sus abuelos en la costa. Hacía vídeos cuando el mar estaba embravecido y los colgaba en la red. Salió a dar un paseo.
Las tres fueron vistas por última vez en el mismo lugar, en la pequeña playa rocosa.
Ni se conocían, ni se parecían ni nada.
Un caso sin principio y sin final.
Hablé con las familias, que lloraron al recordar a sus chicas.
Observé las fotografías que tenían de ellas y nada. Ahí sólo se veía a chicas sonrientes y felices.
También vi sus reportajes, fotografías y vídeos.
Además de ver lo expertas que eran en su materia, lo guapas y juveniles que parecían y lo queridas que eran por sus conocidos, no hallé nada nuevo.
Mi mente era algo lleno de dudas, como una tormenta luchando contra un tornado una noche de lluvia.
¿Que hacían unas chicas así en aquella zona sombría, llena de tan oscuras leyendas?
No era un lugar en el que se vieran a menudo chicas como ellas, es más, en aquella zona se solían suicidar muchas personas cuando odiaban su vida.
Pero ellas no, ellas eran jóvenes y activas. Encima, Ann había ido con amigos a pasar la noche.
Si alguien se va a suicidar, lo último que se le ocurre es ir con amigos al lugar.
El suicidio lo descarté tras pensarlo bien.
Y todavía quedaba el factor de los cuerpos.
¿Dónde estaban? No había ningún rastro de ellos, si se hubiesen ido a nadar a la playa y se hubiesen ahogado se habrían encontrado fácilmente, pues no había mucha corriente aquellos días.
No tenía nada y eran ya las dos de la mañana. Afuera llovía casi tanto como dentro de mi cabeza.
El aire rugía con fiereza y azotaba mis persianas una y otra vez.
Me levanté para subirlas, pues parecía que de un momento a otro se iban a romper, y al elevarlas un poco la vi.
A escasos metros del portal, bajo una farola había una chica mirando mi ventana. El pelo le caía mojado sobre los ojos y el vestido que llevaba se pegaba a su cuerpo con fuerza.
Abrí la ventana y le grité que qué quería. Ella tartamudeó algo que entendí como que tenía que decirme algo y fui a abrirle la puerta.
Pasó titiritando y se sentó en una silla que le ofrecí.
Pronto un charco se formó a sus pies.
-U.. Usted es el detective Víctor, ¿No? Me han da...dado una carta para usted... Es urgente que la lea- Me extendió una mano con dedos arrugados por el agua que sujetaban una carta empapada.
La cogí y, antes de abrirla le pregunté que quién se la había dado.
-Un chico con una sudadera se me acercó esta tarde cuando estaba dibujando en el parque y se puso a mirar como pintaba los árboles y los patos. Me preguntó que si yo era lista y le dije que sí, entonces sonrió y me dijo que a las noches, en la zona del barranco, al lado de la playa, cuando subía la marea las olas luchaban por ver quién llega más alto y que esa estampa yo la podía dibujar bien. Que él me iba a pagar mucho por dibujar eso.
-¿Y qué pasó?- Dije asombrado por la historia.
-Que yo me negué. Si has estudiado las mareas en el colegio sabrás que en esta zona la marea sube mucho. Además, es bien sabido que los suicidas prefieren el barranco porque la marea sube tanto que no hace falta saltar para que las aguas te arrastren hasta el fondo y no se te vuelva a ver- Lo contaba como si eso lo supiese todo el mundo-. Entonces, el chico, al oír mi explicación me dijo: "Chica lista, no como las demás". Y me dio esta carta diciendo que te la tendría que dar de madrugada, cuando la ciudad está callada para no levantar sospechas.
Ahí me levanté de un salto y abrí la carta. En su interior, con letra casi borrada por el agua se leía la confesión del chico y al final de esta, en letras casi ilegibles se leía que a las chicas listas no se las encuentra en el fondo de un barranco.
jueves, 16 de enero de 2014
Tic tac.
Tic tac
El tiempo corre y nada se para.
Tu mente decide ponerse a pensar.
¿Alguna vez se parará todo?
¿Que todo se callase durante un instante?
No lo sabes.
Tic tac.
Miras al cielo.
Está negro como la oscuridad a la que temías de pequeño
o quizás no tuvieses miedo a la oscuridad
sino a lo que hay en ella.
No lo sabes.
Tic tac.
Cada año más viejo.
Cada mes más maduro.
Cada vez más sabio.
¿Cuánto vivirás?
No lo sabes.
No sabes nada todavía
eres un ser creciendo
una flor abriéndose.
Eres alguien que piensa
mientras corre hacia atrás
el minutero de su vida.
Sólo sabes que cuando eso acabe
no habrá marcha atrás.
No lo podrás remediar,
sólo te dará tiempo
a elegir la tumba
donde tu cuerpo muerto
desee descansar
para toda la eternidad.
El tiempo corre y nada se para.
Tu mente decide ponerse a pensar.
¿Alguna vez se parará todo?
¿Que todo se callase durante un instante?
No lo sabes.
Tic tac.
Miras al cielo.
Está negro como la oscuridad a la que temías de pequeño
o quizás no tuvieses miedo a la oscuridad
sino a lo que hay en ella.
No lo sabes.
Tic tac.
Cada año más viejo.
Cada mes más maduro.
Cada vez más sabio.
¿Cuánto vivirás?
No lo sabes.
No sabes nada todavía
eres un ser creciendo
una flor abriéndose.
Eres alguien que piensa
mientras corre hacia atrás
el minutero de su vida.
Sólo sabes que cuando eso acabe
no habrá marcha atrás.
No lo podrás remediar,
sólo te dará tiempo
a elegir la tumba
donde tu cuerpo muerto
desee descansar
para toda la eternidad.
jueves, 9 de enero de 2014
Desde el baño de un hospital.
Hola, seguramente no me conoces y dudo que llegues a
conocerme algún día. Me llamo Amanda. No preguntes por qué hago esto, por qué
escribo la única biografía que tendré en este insípido baño. Simplemente quiero
que conozcas una parte de mí.
No quiero que me busques ni que averigües quien soy de
verdad, no quiero que te hagas ilusiones sobre mí. No soy para tanto.
Te diré que me considero una chica normal, con altura
normal, pelo normal y ojos normales. Si pasase por una calle y me vieses no me
distinguirías del resto.
Amo el voleibol y sacar fotos de paisajes y lugares, ya que
mis abuelos viven en una casa en el campo y allí todo es verde, y limpio… Tan…
sumamente hermoso.
Este año se suponía que tendría que haber empezado la
universidad en Barcelona. Pero no puedo.
Ayer fui al médico por unos dolores… Nada fuera de lo común.
Tras bastantes pruebas y análisis me detectaron cáncer.
Me quieren meter en un hospital para hacerme más pruebas, como
la quimioterapia, biopsias, radioterapia….
Estaré mucho tiempo internada en este
hospital para intentar curarme. Se me caerá el pelo, empezaré a tomar
medicamentos como si de una persona mayor me tratase, mi sudor olerá a química,
mi tez se volverá blanquecina y puede que no vuelva a ver la luz del sol nunca
más.
Es horroroso. Además mis padres apenas me visitarán, por
temas de trabajo y por culpa de esta inmunda crisis que se nos está llevando a
todos directos a la tumba.
Dicen que “puede” que no me recupere jamás, vamos, que si
salgo de aquí será en mi casa de madera de pino.
Nunca veré mundo, y si lo consigo ver será a través de las
ventanas del hospital o de algún ordenador. Quiero ver puestas de sol en lo
alto de alguna montaña, quiero meterme en los suburbios de alguna ciudad, deseo
con toda mi alma ver más allá de estas paredes grises que me separan de la
libertad.
No quiero estar en una sala blanca como la luna sombría, tirada en la cama sin nada que hacer durante
meses y puede que años hasta que la Muerte venga a por mí y me arrastre con ella.
Ayer tomé la decisión más importante de toda mi vida.
Suena raro querer hacer esto ahora, ya tarde.
Saqué todo el dinero que tenía en las cuentas del banco y
que encontré por casa.
He decidido que, ya que moriré de todas formas, prefiero
hacerlo en algún lugar fuera de este hospital donde todo huele a medicación y
donde las personas que hay ya perdieron la sonrisa hace mucho tiempo.
Todavía no se lo he contado a mis padres, me llamarán
estúpida pero sé que lo aceptarán porque me quieren.
Mañana cojo el vuelo a Ámsterdam.
Me voy sin apenas nada para cambiarme y con lo justo.
Cumpliré mi sueño.
Voy a comerme el mundo antes de que este acabe conmigo.
A.
viernes, 20 de diciembre de 2013
Llamando a las puertas del cielo.
A mi abuela siempre le gustó la música. Según me contó, el
día que nació, una mañana de niebla y casi lluvia, sonaba una canción de Glenn Miller, In The Mood. Creció en un lugar pobre, pero gracias
a los esfuerzos de su padre, mi bisabuelo, consiguió ir a clases de piano.
Al final acabó yendo al conservatorio y se convirtió en una hábil pianista que
tocó desde al pueblo llano hasta a reyes y reinas de países lejanos. ¡Una vez tocó hasta con el mismísimo Louis Armstrong!
Llegó a
ser una de las mejores músicos del mundo, pero en cuanto nací se quitó de tocar y se
dedicó a cuidarme como no pudo hacer con mi padre por los conciertos.
Yo era su único nieto, ella me quería muchísimo.
Cuando mis padres tenían que ir a la oficina me quedaba con ella. Eso me encantaba, me gustaba oírla cantar en cualquier momento, parecía un ángel al que la edad se le iba llevando poco a poco.
Ella sabía muchísimo sobre música, todas las noches me narraba una historia de algún compositor o músico. O simplemente me contaba lo que había ido aprendiendo con la edad.
Cuando mis padres tenían que ir a la oficina me quedaba con ella. Eso me encantaba, me gustaba oírla cantar en cualquier momento, parecía un ángel al que la edad se le iba llevando poco a poco.
Ella sabía muchísimo sobre música, todas las noches me narraba una historia de algún compositor o músico. O simplemente me contaba lo que había ido aprendiendo con la edad.
Decía que para cada momento hay una canción que lo haga único.
En ocasiones ni siquiera eran canciones, sino un conjunto de sonidos que formaban una melodía, como los pájaros, las hojas moviéndose y el río, que juntos formaban la Melodía del Bosque.
Me contaba que a veces pasaba algo y la música que en ese momento sonaba marcaría un antes y un después.
Desde entonces siempre mantenía las orejas abiertas a cualquier tipo sonido.
No se me daba bien música en el colegio, la solía aprobar con cincos raspados, pero a oír y a sacar melodías de la nada nadie me ha conseguido ganar.
¿Alguna vez os habéis quedado en algún lugar quietos, callados y con los ojos cerrados?
Al principio no se suele escuchar nada distinto, pero cada segundo algo se mueve y cambia. Y eso forma un sonido único.
Así no hay dos gotas de lluvia que al caer hagan el mismo sonido ni dos hojas que, movidas por el viento creen la misma sonata.
Incluso el tráfico a hora punta llega a ser hermoso. Es la melodía de todas las mañanas en Madrid, coches y más coches.
Hay una frase de mi abuela que siempre recordaré: "Cuando pase algo malo, no odies la canción, odia a lo que te hizo daño. La música no merece ser odiada sino recordada pues forma parte de la melodía de nuestra vida".
Para mí las tardes con ella fueron mi mejor tiempo.
Hasta ayer, cuando tuvo el accidente.
.........
-Abuela, ¿Se encuentra mejor?
Respiraba muy profundamente, la neumonía le había dado fuerte.
-Niño... Mi niño... Mi nieto... De esta no salgo. Pero no llores, sonríe. Voy a irme pronto, espero que nunca te... -Una tos hizo que tuviese varios espasmos en el cuerpo-... Te olvides de esa vieja que te enseñó la verdadera música... Debes transmitir ese don a tus hijos y nietos... Que nunca muera la banda sonora de nuestra vida. Anda, pon un poco la radio, a ver si dicen algo nuevo de los politicuchos estos.
La hice caso mientras intentaba aguantarme las lágrimas para que no me viese triste.
Busqué una emisora de música, y en cuanto la encontré subí el volumen.
Mi padre había pillado tráfico y puede que no llegase a tiempo de verla una última vez.
Mi abuela abrió los ojos para me mirarme profundamente y me besó la mano. Me dijo adiós con la mirada y cerró los ojos.
Justo en ese momento, quién sabe si fue algo del destino o el último mensaje de ella, empezó a sonar una canción muy reconocida mundialmente en todas sus versiones.
Knockin' on Heaven's Door.
Las enfermeras pasaron a la sala a llevarse el cuerpo sin vida de mi abuela mientras yo lloraba a lágrima viva.
Al poco tiempo se abrió la puerta y entró corriendo mi padre. Buscó a mi abuela y no la vio.
-Hijo... Hijo mío. ¿Dónde está mi madre? ¿Dónde está tu abuela?
En ese momento me giré con ojos acuosos y le contesté mientras sonaban los últimos versos de la canción.
-Llamando a las puertas del cielo.
jueves, 12 de diciembre de 2013
Enamorarse.
Andas por la calle con la cabeza agachada entre todas las
personas. Unas van en tu sentido y te empujan hacia él mientras que otras van
en sentido contrario o se paran, lo que hace que frenes.
Tú no levantas la cabeza. Para qué si ya sabes lo que vas a
ver.
Coches, humo, personas de todos los tamaños…
Nada cambia, la ciudad gira en un ritmo constante.
Gris.
Todo es gris.
Y tú también lo eres, junto a todos los demás.
Muy pocos afortunados consiguen dejar de ser grises en este
mundo.
La vida pasa lenta junto a ti, siempre igual.
Y tú sabes que eres gris, que no eres de color como esos venturosos
que arriesgan su vida por otra persona.
Todos nacemos de color pero acabamos quedándonos sin él y
convirtiéndonos en otro más.
Sabes que si desaparecieses nada cambiaría para nadie,
ninguna de esas personas diría: “Oh, ya no está, ¿Qué fue de esa persona que
siempre miraba hacia el suelo?”
Nadie te pregunta por qué agachas la cabeza, si te lo
preguntasen tú sabrías que responder.
-¿Para qué?- Dirías-. Para ver siempre las mismas caras grises
de cansancio y humo, y coches. Y nadie feliz, menos esos que consiguen salir de
este insípido color grisáceo.
Oyes un lloriqueo de un niño pequeño, seguramente al haberse
perdido entre tanto gris.
Levantas la cabeza y miras hacia los lados en busca de algo
de color.
Y entonces lo ves. Alguien te está mirando entre todo gris.
Esa persona tiene color, y te está mirando.
Si desaparecieses esa persona se fijaría en que faltas. Te
echaría de menos. Le importas a alguien.
Y en ese momento se te ilumina la mirada y sonríes.
Entonces, te das cuenta de que el cielo se ha vuelto azul…
De que todo vuelve a tener color… De que ya no eres gris.
martes, 26 de noviembre de 2013
Arma de guerra
He visto pájaros de guerra caer a
mis pies y sumirse en el fuego más sonoro. He visto miles de armas sujetas a
cadáveres inertes y pálidos. También he visto a niños llorar a lágrima viva
antes de ser fusilados ante la mirada de todos.
Compañeros míos han salido
volando en miles de pedazos por culpa de
bombas que no deberían estar donde estaban.
Cada día piensas que va a ser el
último, que ese día no caerá nadie de los dos bandos. Pero no es así. Nunca lo
es.
Y piensas que al volver a casa
todo acabará, que volverás a ser feliz con tus hijos y con tu familia.
Pero los horrores de la guerra te
persiguen.
Tus hijos crecen y al volver no
te reconocen. Te pierdes su primera palabra, su primera canción, su primer día
de colegio…
Tu pareja parece perdida. En su
frente encuentras arrugas que antes no estaban ahí. Cada arruga es un día que
ha estado preocupada por ti. Y hay miles y miles.
Y tú empiezas a tener pesadillas.
Las caras de los civiles te persiguen… Y te perseguirán hasta que mueras.
Al final la guerra nos destroza a
todos por igual.
Nunca podrás decirle a tu hijo
que eres una buena persona, porque ambos sabéis que no es así.
En ocasiones ni siquiera serás
capaz de mirarle a la cara porque recordarás a ese chiquillo que te miraba,
suplicando por su vida mientras tú le apuntabas con un arma a la cabeza antes
de abrir fuego.
Llorarás. Llorarás hasta dormir.
Y en cuanto cierres los párpados volverán las pesadillas. Y ese niño te
perseguirá con la mirada. Preguntándote por qué lo hiciste.
Y tú, tú no serás capaz de
responderle.
Y así, de un momento para otro te
das cuenta de en qué te has convertido. Eres un ser aborrecible. Es más, un
arma de matar. Un asesino legal.
Eres un héroe para tu país y
todos te ven así. Pero tú sabes que no. Y eso ya no va a cambiar. Si todos
supiesen lo que has visto te aborrecerían como te aborreces tú.
Y ahí te quedas. Con la mirada
perdida.
Intentando borrar imágenes y
voces que no desaparecerán nunca.
Sabes que eres un monstruo. Un
arma de guerra.
Y eso te marca para siempre.
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